Revista de Arte Boticario





HOJA DE SALA



IVÁN VILLASEÑOR


El sabio de la orilla





Qué difícil es recordar, cuando el recuerdo está obligado por el dolor. Ha muerto Iván Villaseñor. Para mí fue un ser profundo y carismático, siempre optimista ante la adversidad. Sus palabras solían ser esperanzadoras, amables. “Ahora tienes que reponerte y hacer cosas poderosas”, me decía en nuestros dilatados encuentros. Iván fue un artista inquieto y curioso. No era difícil encontrárselo en cuantas exposiciones se organizaban; ahí estaba él, con su mirada voraz, que repasaba sabiamente tanto la obra canónica como el trabajo de sus contemporáneos. Para Iván la pintura simbolizaba la inquietud sensible de la representación del mundo, material y anímico. Creía que el arte era una forma de sanación, un proceso de resistencia ante la adversidad de la realidad. “Porque la satisfacción del acto de crear es tan fuerte que por eso no podemos dejarlo”, lo escuché decir en varias ocasiones.

Iván Villaseñor (1972-2021), un joven eterno. Vestía pantalones de mezclilla, tenis y lentes de pasta e invariables playeras de personajes pop. Cuando nos reuníamos a tomar café, conversaba mientras hacía trazos y dibujos en hojas y libretas. Siempre me sorprendió su habilidad, destreza y rapidez. En una charla de un par de hora concluía un dibujo listo para ser expuesto. Durante sus veinticinco años de trayectoria, exploró el campo del dibujo, la pintura, el comic y la escultura. Creó un imaginario de escenas fantásticas y oníricas con personajes infantiloides, mitológicos, monstruosos. Pienso que ahora, sin su padre, seguirán galopando sus rinocerontes rosados en sempiternos bosques policromáticos; sus ciclopes cabezones seguirán espantando jovencitas y sus enanos de sonrisas caníbales vivirán inmersos en paisajes psicodélicos donde la naturaleza cobra vida, las lunas se quejan, los arboles vociferan y girasoles muestran su mala cara, pues están enojados. Esa es la imaginación viva de Iván, extravagante, absurda, feliz y terrorífica a un tiempo, que además se da rienda suelta en una búsqueda furibunda jamás ajena a la experimentación, a la innovación, lo cual le mantiene dubitativo ante la vanguardia y la tradición.



Ciertamente se reconocen en él influencias que van desde el surrealismo pop, el art brut, el impresionismo, el canon occidental, hasta una herencia formal del arte mexicano, el de alta escuela y, de manera muy especial, el popular, el de los huicholes, la psicodelia, los textiles oaxaqueños y los alebrijes. No obstante, muestra siempre una obsesión del recurso que lo lleva a posicionarse como un pintor que operaba el cuadro mediante una lógica gráfica. Son sus construcciones pictóricas escenas de planos cerrados en donde imperan los contrastes de figuras y fondos, la línea y la mancha, el uso de paletas complementarias —rojo y verde, violeta y amarillo—. Sus tratamientos dislocan entre sí porque buscan ser contemplados. La piel de su pintura nace obsesionada con la materia. Por medio de pinceladas matéricas simula un puntillismo impresionista y explora con cargas creadas mediante duyas de pastelero la creación de majestuosos relieves, evocaciones a los pasteles infantiles y a lo grotesco de la belleza. En las hibridaciones se halla a sí mismo Iván. En los entrechoques de la cultura y la fricción de realidades para alcanzar la autenticidad. Por ello es la encarnación del artista que a pesar de su formación académica, no olvida sus orígenes en los suburbios de la ciudad. El sabio que pende de la orilla porque ha sido orilla.

Personaje del underground, era su geografía natural el submundo de la metrópoli mexicana, los espacios alternativos, independientes. El barrio, pues, donde quizá mejor fue acogida su obra y donde se le puede entender con amplitud en su rebeldía antiacadémica. Es ese Iván, quizá, el que mayormente extraño: el callejero, el marginal, el que igual inauguraba un mural en Ciudad Nezahualcóyotl o nos invitaba a ver un cuadro suyo expuesto en la Bienal Tamayo, o que alternaba su operación con los pinceles para tocar con Puerco, su banda de punk. Una de las incertidumbres que nos deja la muerte de Iván, es saber a dónde llegará su legado, en un país de instituciones sordas al arte, de públicos desmemoriados, ¿cómo procederá México ante la muerte prematura de uno más de sus artistas en rebeldía, quien por si fuera poco tuvo la mala fortuna de morir en estos tiempos en que la muerte de tantos y tantos, hace invisible al individuo?

Iván, el sabio que habitaba la orilla, el sabio que se permitió conciliar la crueldad de la condición humana para evidenciar sus cuestionamientos existenciales, sus meditaciones acerca de la belleza. Del movimiento expresionista retomó las formas de representación, estableciendo ideologías estéticas que desplazan la belleza por lo grotesco y lo ilógico. Animado por sus impulsos y energías vitales se dejó seducir por la búsqueda de poder, riqueza, amor y gloria, y ante la ausencia de ser correspondido, le dio la espalda a la realidad como lo hacen los insatisfechos. Es entonces que se refugia en la fantasía, igual que lo hacen los niños, los psiconautas y los locos. Pero él guardaba un secreto. Se abandonaba sin temor al desvarío, porque conocía el camino de retorno: el arte. Quiero pensar que por ello mismo que mi amigo Iván Villaseñor habrá muerto sin temores, porque en realidad no ha muerto, sino que ha establecido, por fin, un retorno final en cada una de sus obras y sus acciones.

Adriana Mejía




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RAB Revista de Arte Boticario ~ 2019